El hombre inmortal llegaba todas las noches a su casa y se pegaba un tiro.
Tan natural se había vuelto la rutina que ya nisiquiera recordaba la razón de ese primer disparo.
Al recobrar el conocimiento, unas horas después de cada estallido, el hombre dejaba su ropa para lavar, cocinaba su cena y dormía hasta la mañana siguiente; sin sueños que interrumpieran su descanso.
Ese Lunes, al llegar a su hogar luego de un largo día, se dispuso a cargar el revolver como todas las noches. Nunca necesitó más de una bala.
Pero al momento de jalar el gatillo sintió una duda. Insignificante, sutíl.
Ridícula pero persistente. Una duda que le decía que, tal vez, sólo tal vez, ésta podría ser la vez que no despertaría luego del disparo.
Se vió por un momento completamente petrificado, incapaz de mover un sólo músculo de todo su cuerpo. Dudar era una locura, Cuántas veces había realizado el mismo procedimiento? Cuántas veces había sentido la explosión con sabor a plomo y pólvora? Notó que su pulso comenzaba a fallar, sintió lágrimas que empezaban a surcar por sus mejillas.
El hombre apoyó el revolver sobre la mesa y sollozó por horas.
Esa noche soñó con todas las personas con las que alguna vez había cruzado algún saludo, algún gesto, algún comentario pasajero.
A la mañana siguiente el hombre inmortal despertó; y empezó a vivir.










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