El hombre caminaba despacio por la calle desierta. Los adoquines resonaban con un sonido característico debajo de la suela de sus zapatos, sus brazos firmemente pegados a su cuerpo, las manos en las profundidades de su sobretodo. Llevaba un cuello de tortuga para protegerse del viento y un sombrero el cual había llegado a detestar con los años pero, debido a la estricta política de la compañía, ya se había convertido en parte de su anatomía.
Mientras avanzaba bajo la luz de los faroles pensaba en como la cantidad de viajes de trabajo a esta región del país ya debería haber acostumbrado su cuerpo al frío. Pero el viento de Minsk tenía algo que siempre lograba helarle los huesos. "Un trabajo más" -pensó- "Uno más y adiós al frío, adiós a la nieve y, por sobre todo, adiós a este maldito sombrero".
La calle estaba mojada, lo que hacía que emitiera cierto resplandor debajo del brillo eléctrico de los faroles. Una ráfaga de viento sopló repentinamente recogiendo cientos de las partículas de agua de los adoquínes las cuales humedecieron la cara del hombre. "Minsk" -pensó mientras pasaba su lengua sobre los labios. Podía reconocer ese sabor a metal mezclado con vodka en cualquier parte.
No faltaba mucho para llegar a la puerta de su hotel cuando reconoció, en el eco de la calle, el ruido de otro grupo de pisadas que no eran las suyas. Había sido entrenado específicamente para detectar lo que ese momento le había llamado la atención. Las pisadas coincidían exactamente con las suyas. Aceleró el paso casi imperciptiblemente y, de inmediato, las pisadas reajustaron el suyo. Eso solo podía significar una cosa; estaba en problemas.
Dobló en un pequeño callejón que conectaba con la salida trasera de un restaurante con solo un pensamiento en su mente, si lo habían descubierto el hotel ya no sería un lugar seguro. Cuando llegó a la mitad del callejón hechó una rápida mirada hacia atrás y pudo ver a un hombre con un sobretodo extrañamente similar al suyo aproximándose rápidamente. Lo que sucedió a continuación pareció transcurrir en camara lenta. Un segundo hombre, una pistola, unas pocas palabras en ruso que ya conocía demasiado bien.
Su contacto al otro lado de la ciudad lo encontró en ese mismo callejón unos días después. Su rostro había quedado irreconocible y, como era política de la compañía, no traía ningún tipo de identificación en su persona. Los agentes encargados de recuperar el cuerpo comentaron, luego de notificar a su familia, sobre la suerte que habían tenido en todo el proceso. Si el sombrero no hubiera estado tan bien aferrado a su cabeza hubieran tardado semanas en identificar el cadaver.


